Rapunzel, la identidad y el machismo

Por Malén Pessina

Disney, la personificación exacta del bombonazo del boliche que te mira pero que cero masa encefálica, de ese vinito carísimo que te compraste para la cena pero que ¡opa!, está picado o ese hermoso y complicadísimo gol que te mandaste en contra.

Hoy llega para todos ustedes el último capítulo de un análisis que arranqué en la primera edición de Brote; porque ustedes lo pedían, ustedes lo exigían (en serio, hasta me amenazaron para que éste sí o sí sea el último). Me voy a abocar de lleno en una de las últimas producciones audiovisuales de Disney Company. Lanzada en el año 2010 en 2D y 3D, producida por Ron Conli y dirigida por Nathan Greno y Byron Howard, llega como un último intento desesperado por hacerme la investigadora y parecer seria: Tangled (Enredados en la versión doblada), que intenta trasponer el cuento Rapunzel, recuperado por los hermanos Grimm. Pues bien, como notarán en un futuro próximo, la sensación de déjà vu con Blancanieves (1937) es normal, a pesar de que el contexto en la que Tangled fue producida coincide con los avances más recientes de los derechos e igualdades del género femenino.

Enredados comienza contando la historia de una flor de sol que cayó a la tierra en forma de gota y que una anciana (que será la malvada de la película) “en vez de compartir el regalo del sol, acaparó su poder curativo y lo usó para mantenerse joven durante cientos de años, y sólo tenia que cantar una canción” (cómo supo qué canción tenía que cantar es un misterio que nos perseguirá por siempre). Lo primero que podría observarse es que ante esta posición de supuesto egoísmo por parte de Goethe (la bruja), el narrador relata la apropiación de la flor por parte de los reyes de manera positiva: para curar a la reina enferma que estaba embarazada, los soldados arrancan la planta de raíz y la hacen té. De esa forma, no hay manera de reutilizar sus poderes curativos. Esta variación del discurso, es decir, el tomar por malo la retención de la flor por parte de una aldeana, pero no así por los reyes, podría atribuirse a sus diferentes estratos sociales. Vale decir, por pertenecer a una clase social inferior, Goethe estaba siendo egoísta al acaparar la planta curativa; pero, siendo monarcas y por ende líderes, la utilización del total de la flor es aceptable –incluso más que aceptable, esperado-, ya que la reina se encuentra embarazada de la heredera al trono. Sí, bueno, podrían discutirme la idea de que los poderes curativos de la flor se perderían porque al fin y al cabo la princesa los hereda, pero a esto podría contestarte con un simple: ¿Cómo sabían los reyes que los iba a heredar? Bueno caballeros y caballeras: no lo sabían, por lo que el egoísmo de parte de los monarcas queda intacto.

Pero continuemos con la historia. Por consumir la flor estando embarazada la reina, la pequeña princesa nació con cabello mágico (color rubio), cuando sus padres son de cabello castaño oscuro. La bruja Goethe, al ver que su flor ahora es una niña, la secuestra para continuar utilizando la magia de la gota de sol. Ahora bien, he aquí un gran problema -entre miles- de adaptación: en el cuento original, los padres de Rapunzel entregan a la niña a la bruja para que ésta la críe, a cambio de unas lechugas que a la madre tanto le gustaban. Voy a recalcar esto último: los padres entregaron a Rapunzel a cambio de unas lechugas. En la película, como dije, se roban a la niña (dando a entender que la única manera que un padre biológico no críe a sus hijos es si éstos últimos son raptados, como si el sentimiento paterno fuera totalmente natural), que además es hija de reyes, cuando en la historia de los hermanos Grimm los padres no tienen ninguna posición de poder. ¿A qué se debe el cambio?, ¿por qué Rapunzel debe ser una princesa? Además, pregunto con verdadera curiosidad ¿qué sentido tenía raptar a Rapunzel para mantenerse joven si el poder de la flor sería factible sólo los años de vida de ella? Y, en el caso de que fuera una condición heredable, ¿cómo haría Rapunzel para dejar descendencia si continuamente Goethe impedía que cualquier hombre se acerque a ella?, ¿acaso no pensó en ese posible desenlace?, ¿por qué es tan mala esta transposición?, ¿despidieron al guionista?, ¿por qué sigo preguntando cosas?.

Lo que sí se mantuvo –aunque no literal- fue el encierro de la pequeña en una gran torre. En la película la bruja lo hace una vez realizado el secuestro, cuando la princesa era un bebé y en el cuento lo hace a sus doce años para impedir su contacto con los hombres y por ende, para proteger su virginidad (voy a analizar este aspecto más adelante).

Es allí en donde la joven princesa realiza distintas tareas del hogar, tales como limpiar, cocinar, cocer y barrer, y no es que realizar estas actividades le sea desagradable, oh god no, de hecho las realiza con entusiasmo, pero la repetición de las mismas todos los días (y a todo momento, porque no hace o no puede hacer otra cosa por el encierro, duh!) le resulta reiterativo, incluso aburrido. Las pocas muestras de cariño de Goethe (quien la crío durante años) van dirigidas al cabello rubio de la pequeña que parece no percatarse de la situación en la que se encuentra. A pesar de haber sido secuestrada y de que le hayan negado su identidad biológica, la princesa conserva su nombre original, (es decir el nombre por el que los reyes decidieron llamarla) y su fecha de cumpleaños, por lo que el ocultamiento de la identidad resulta parcial. Claro que la cuestión identitaria no es tomada del mismo modo en distintas partes del mundo; el público europeo y el estadounidense no tiene las mismas nociones y tabúes con respecto a este tema, y es que las últimas dictaduras cívico-militares marcaron con fuerza la cuestión en la mayoría de los países latinoamericanos. Un hecho que puede pasar inadvertido para muchos públicos, y que de ningún modo es menor en Argentina, es el suceso de que los monarcas –a la sazón, padres biológicos de Rapunzel- no la buscan, no se cuestionan donde está, sino que en palabras de la narración en off “lanzaban todos los años las luces al cielo, esperando el retorno de su princesa”, a quien le dejaban la carga de descubrir su procedencia. Nada, tranca, super normal. Ah, eso sí, si hasta acá te parecían malos padres y reyes negligentes, agarrate con fuerza y agradece vivir en democracia, porque los genios no tuvieron otro hijo –es decir Rapunzel es hija única- así que si la piba no volvía y no descubría ella solita su identidad, dejaban al reino sin heredero al trono, y todos sabemos qué se viene ¿no? ¡E-xac-to, es el olor inconfundible de la guerra civil! Bien ahí, Disney, bien ahí.
Volviendo al ruedo, la presentación de quien sería el amor de Rapunzel escapa totalmente a la versión original del personaje. Mientras que en el cuento el hombre en cuestión es un príncipe que se encuentra con la joven al seguir el sonido de su voz, en la película el protagonista, Flynn Rider, es un rebelde y ladrón que escapa de los guardias del castillo porque robó una diadema y se choca con la chica por accidente buscando un lugar donde esconderse. Este cambio inentendible, porque no sería la primera vez que un príncipe se enamora de alguien de menor estrato en alguna de sus películas (como en Cenicienta), lo asocio –palmeame la espalda si divago- a la creencia culturalmente instalada en la sociedad contemporánea de que “el amor todo lo puede” y la inocencia e ingenuidad de Rapunzel modificaría la conducta del joven rebelde, porque en el fondo no es malo del todo, sino que es la consecuencia del abandono de sus padres en un orfanato. Claro que la atracción de ambos personajes no se da en un principio, incluso se ayudan sólo para conseguir sus aspiraciones individuales –Rapunzel *spoiler alert* ver las luces del cielo y Flynn conseguir la diadema que la princesa escondió-, pero el mismo día que la joven cumple dieciocho años (es decir, el día que pasa a ser legal a la vista de las leyes y sociedades contemporáneas) el joven, que es mayor, comienza a experimentar sentimientos hacia la muchacha. Porque chorro sí, roba cunas no.

En cuanto a la trama en sí, como mencioné antes, la princesa quiere llegar al lugar de donde provienen las luces flotantes –que lanzan sus padres- anualmente, el mismo día en que ella cumple años, pero en vez de decidir realizar el viaje sola, cuando el personaje masculino ingresa en la torre, la protagonista de la película decide chantajearlo para que éste la lleve hasta el reino, porque sabe que aventurarse al camino sola es un peligro y por alguna razón decide confiar plenamente en un extraño que acaba de conocer, pero que –al ser hombre- puede protegerla. Es aquí donde puede verse el tópico del viaje, tan utilizado en la literatura de caballeros y que no participa en el cuento de Rapunzel original, el cual tiene la singularidad de que es en el trayecto de un punto hacia otro en donde transcurren las aventuras del o los protagonistas, que en “Enredados” en particular, serán dadas por la persecución de los soldados del rey hacia Flynn y por la madrastra que los sigue al descubrir el escape de su hija(stra). A pesar de los intentos del protagonista masculino por asustar a Rapunzel para hacerla desistir del viaje, y de que éste es perseguido por nada más y nada menos que la justicia, la princesa parece confiar plenamente en su acompañante masculino, a quien salva en más de una ocasión.

Incluso, la inocencia e ingenuidad de la princesa no sólo modifica al cien por ciento la conducta de su contraparte, sino que además, hace que los malvados malhechores de la taberna “El patito modosito” (jejeje) confiesen sus sueños más ocultos, que –por alguna razón- son totalmente bien vistos, es decir, que los deseos más ocultos de estas personas fuera de la ley son tales como: Ser el mejor pianista del mundo, ser decorador, encontrar el amor, ser florista, tejer o coser, coleccionar muñecos de unicornios, y tantos otros.

Lo que se deja entrever entonces en el cambio de conducta de los malhechores (primero), y de la transformación del modo de vida de Flynn (después), ocurridos a partir de la llegada de Rapunzel y del comportamiento bondadoso e inocente de ella, es la confirmación del prototipo establecido más arriba de que “el amor todo lo puede” independientemente de la atracción sexual (como ejemplo veamos el amor maternal de la princesa hacia los ladrones de la taberna). Por lo que, queda establecido, la mayoría de los “malvados” son consecuencia de su entorno o de sus frustraciones, y aquellos que no lo sean (como Goethe) quedan condenados por sus propias acciones, vale decir, la justicia que los “alcanza” no es llevada a cabo propiamente por los protagonistas, sino por un conjunto de situaciones en las que ellos sin saberlo fueron participes (tanto en Blancanieves como en Tangled la bruja fallece por acciones que no envuelven del todo a los héroes). Incluso, al final de la película, todos los malvivientes que confesaron sus sueños a la princesa no sólo los cumplen, sino que al parecer, sus crímenes anteriores fueron totalmente olvidados y/o perdonados (♫ Menem lo hizo ♫).

Ya que nos referimos al aspecto virginal de Rapunzel, voy a tirarles las pautas estéticas que la diferencian con su antagonista. Para empezar, el aspecto de la pequeña damisela consiste en una cara redondeada y aniñada con rasgos poco marcados, ojos verdes, cabello lacio brillante y rubio, cachetes levemente ruborizados, vestido color pastel lila, curvas poco marcadas y busto poco desarrollado, labios rosados y camina descalza (¿Hay alguna alusión a “carmelita descalza”?). En cuanto a Goethe, es una mujer atractiva, con curvas pronunciadas y escote marcado por el vestido color rojo oscuro (el color de la pasión y el sexo, rawr), cabello negro rizado, piel blanca, cara con rasgos marcados y labios rojos, ojos color gris claro delineados, rubor rosa que contrasta con su piel, párpados pintados en tono marrón y uñas color rojo fuerte.

Pero no es sólo la cuestión estética/sexual la que las diferencia -escribí “estética/sexual” porque una está al servicio de la otra, tal como en Blancanieves-, sino que además podemos anotar las reacciones que tiene cada una ante el coqueteo: en el caso de la princesa, cuando Ryder intenta seducirla, ella no responde ante la seducción –quizás porque no tiene conocimiento de que lo sea- a lo que el joven responde “mi mirada seductora no está funcionando últimamente, jamás me pasó antes” porque es el gigoló; en cambio, cuando a la madrastra uno de los borrachos de la taberna se acerca a ella con insinuaciones, la mujer ríe coqueta, para luego amenazarlo con un cuchillo. Así queda más o menos implícito, por lo menos desde mi perspectiva, que la mujer que usa el coqueteo para obtener cosas –en este caso información- es la malvada ya que las niñas bien no caen ante las insinuaciones de lo hombres ni se aprovechan de ellos, por lo que básicamente si salís a bailar ya tenés el pasaje con estadía incluida al averno.

No queda claro por qué cuando le cortan un mechón de pelo a Rapunzel (que fue esa la razón por la que Goethe la secuestró) éste pierde su poder –ergo, su color- y menos aún por qué no crece más. Lo que sí queda claro, es que antiguamente el cabello largo era sinónimo de virginidad, y luego del matrimonio (y la “desvirgación”) las muchachas solían cortarlo para exponer su estado civil, onda Facebook pero más sutil. Por lo que cuando Flynn le corta el cabello a la princesa –además de dejarle ese corte de pelo de por vida- se deja ver implícitamente, que es él quien la desvirga, well played, Flynn. Y es allí cuando la princesa pierde su inocencia y la bruja malvada muere espantosamente siendo reducida a huesos, pero no os preocupéis mis pequeñines de tres a diez años que presenciaron esa traumática muerte, nada que el amor entre Ryder y Rapunzel no pueda superar. Bueno, está el problema de que él se muere, pero el llanto de la princesa que escondía magia en su interior (con lo que se entiende menos el por qué su pelo deja de ser mágico cuando lo cortan) le devuelve la vida espectacularmente.

Con respecto a la muerte de Goethe, ligada para mí a la perdida de la virginidad de Rapunzel, debo decir lo siguiente: si bien en la película sostienen que la bruja buscaba la juventud y belleza eterna, sostengo que en realidad lo que buscaba era vivir eternamente (bueno, sí, eso parece estúpido dicho así nomás, pero sigan leyendo). En el cuento original Goethe les exige a los padres de Rapunzel al bebé y lo cría ella, sin segundas intenciones. Y, a pesar del cambio drástico en “la intención” de la bruja en el producto audiovisual, creo que el objetivo tácito de ella no era mantenerse “joven y bella” como buscaban aparentar, sino que mantiene su objetivo de origen: pasar a la posteridad. ¿Por qué digo que el objetivo de la bruja original –y el de su adaptación- era ese? Pues, más allá que el tener un hijo podría ser un mandato cultural, en definitiva es posible que el objetivo final de la paternidad/maternidad no sea otro que el de la proyección de la vida eterna. Y es posible que la pérdida de virginidad en las hijas mujeres conlleve el paso de la niñez a la adultez y por ende al fin de la dependencia (incluso, en la historia original, cuando la bruja se entera del romance de Rapunzel con el príncipe la destierra al desierto).

Es probable que el análisis realizado en el párrafo anterior no lo haya pensado ni siquiera el guionista de la película, pero me parecía interesante plantearlo en esta nota ya que la cuestión identitaria en éste producto audiovisual nos toca de cerca.
Debo ahora, muy a su pesar, continuar analizando lo que queda de la peli: En el final de la proyección, descubrimos (no sin cierto estupor) que después de todo el lío que se armó, Rapunzel consigue al hombre de su vida en

¡¿DOS DÍAS?! ¿Qué? ¿Esto está chequeado? Quiero hablar con la producción. Jos vení, seguí escribiendo vos, no basta, soltáme; bueno la termino pero vos andá a comprarme medialunas.

Perdón, fue un pequeño desliz, pero ahora que tengo las medialunas estoy más tranquila; como les comentaba anteriormente, Rapunzel y Flynn se enamoraron después de dos días juntos, a diferencia de Blancanieves que ya lo conocía de bastante antes a su co-protagonista y de Mulan, que (si bien se relacionó con él como hombre) tardó meses en descubrir sus sentimientos. No quiero indagar en la preocupación que me genera que le muestren a pequeñas niñas/os que con conocer a una persona en dos días basta para decidir vivir todo una vida con ella, porque después de todo sería más una opinión personal que un intento de análisis objetivo. Pero, siguiendo con ésta idea de que el amor todo lo puede, se observa cómo la cuestión identitaría vuelve a aparecer, ya no en el personaje de la protagonista sino en el de su compañero. Y es que éste deja el nombre que eligió para identificarse de lado (Flynn), por el suyo original (Eugene, jejeje) porque a Rapunzel le copaba más y porque pollerudo.

Es interesante que si bien en la culminación del film el objetivo principal de Eugene (el hombre después de Rapunzel) es rescatar y quedarse con la princesa, también cumple -aunque no intencionalmente- el sueño de Flynn (el hombre antes de Rapunzel): Si nos remontamos al principio de la película él quería ser el más rico del mundo y tener una mansión enorme y, al concretar la relación con Rapunzel, lo consiguió; porque se casó con nada más y nada menos que la heredera al trono, por lo que tener que usar su espantoso nombre original parece un sacrificio aceptable.

Haciendo un gran salto de párrafo y reemprendiendo en cierto modo la cuestión identitaria, es llamativo el comportamiento tan (pero tan) dulce de Rapunzel, ya que si nos remontamos a la actitud de Goethe ella es, resumiendo: mala, lo que se contrapone clara y totalmente con la personalidad de la que sería su hija, dejando dos opciones: O la bruja crió a Rapunzel bárbaro, enseñándole a ser un caramelito empalagoso –cosa improbable- o las características ‘bueniles’ de los padres biológicos se heredan…y no es que yo me quiera hacer la experta en el tema, pero algo me dice que no. Les dejo esa idea para que armemos una mesa de debate, yo llevo bizcochitos. Dejando el chiste de lado, es claro que la construcción de la personalidad de una persona es influenciada no sólo por la crianza sino por factores externos a ella y también el zambullirse de lleno en esta cuestión es contraproducente ya que las leyes que rigen en el mundo real no son necesaria u obligatoriamente transferibles al ficticio. Sin embargo, ya que este análisis se ve influenciado por el tema de la identidad, no me parecía correcto dejar de lado este punto en particular.

Es menester aclarar en esta conclusión, además es algo que se nota bastante, que no logré ser del todo objetiva en las observaciones de las películas que conforman la investigación en sí, pido disculpas por ello porque quizás condicionó mi análisis. Pero, apartando esa realidad un poco, lo que puede observarse en base a lo visto en ésta y las notas anteriores es que lo que la película refleja no es otra cosa que los mismos mensajes que transmitían en el año 1998 con Mulán, y en 1937, con la producción de Blancanieves, siendo mínimas las modificaciones en los comportamientos machistas de las princesas e incluso siendo éstos últimos disfrazados con acciones cómicas que disminuyen el impacto de lo representado. No se puede adjudicar las conductas de las monarcas al simple y mero hecho de que se basan en un cuento, ya que varias de las acciones realizadas en la filmación no sucedieron -o incluso pasó todo lo contrario- en la historia original.

Porque sí, estábamos en 2010… Pero paja replantearnos las posturas ¿no?

Print Friendly, PDF & Email