Observar, absorber, escribir: la narrativa de Laura Rossi

Por Constanza González Henin

Laura Rossi es escritora, Licenciada en Letras de la UBA, tiene una maestría que cree que jamás usará para nada y nació en San Miguel, localidad en la que pasó sus primeros 27 años. Es petisa, usa lentes -que le amplifican un poco los ojos claros- aficionada a la fotografía, nada solemne y tiene un peculiar sentido del humor. Vivió en Villa Devoto y desde fines de 2009, en Rosario; por y con un rosarino, Hernán, a quien le agradece el hecho de haber podido asumir que escribir era lo que quería y tenía que hacer realmente. Hoy son los padres de Guadalupe, de dos años y medio.

Trabajó siempre en la docencia, incluso antes de recibirse. Dedicó muchos años al diseño y a la escritura de cursos de capacitación docente, fue desgrabadora/traductora free-lance y tuvo      -casi en otra vida, dice-, un bar con su hermano. Hace tres años volvió a las aulas, pero no a las escuelas. Dicta clases de inglés y de ruso en un instituto de idiomas, y desde el año pasado incursiona en el periodismo gastronómico realizando crónicas sobre hoteles y bares de Rosario que se publicarán en breve.

Para Laura, leer y escribir son actos que necesita hacer desde que tiene memoria, los pudo intuir desde siempre como simbióticos. Siente que ni siquiera los elige. Si por algún motivo pasan días en los que no puede pasar una página o no dispone de media hora para sentarse a escribir un renglón, percibe que algo no está bien, se describe como desencajada. Le atraviesa el cuerpo, duerme mal y poco, se sale de eje; detalle al que con los años le fue prestando especial atención: puesto que leer y escribir son necesidades de las que habla como si fueran congénitas.

En algún momento, el escritor pasa de escribir para sí mismo a publicar. En el año 2011, la primera novela que escribió Laura – Suturas – fue finalista del Premio Clarín Novela. Fue seleccionada de entre 500 obras presentadas. Ese hecho fue clave. Se convirtió en un empujón a nivel interno que le demostró que tenía que dejar de esconder lo que hacía, porque ahí había algo, alguien más lo había visto.

Terapia de por medio, más el sostén constante de Hernán – que hasta ese momento era el más convencido de que eso era lo suyo- asumió para sí misma, lo que los demás ya habían descubierto. Su segunda novela Baldías (Erizo, 2013) fue finalista del mismo premio al año siguiente. Para ese momento, ya había empezado a conocer gente del ámbito literario rosarino. Cuando corrió la noticia, Verónica Laurino (poeta y escritora, que ahora es amiga de Laura, pero en esa época todavía no lo era) quiso leer la novela. Y fue ella quien la llevó a Erizo, una editorial que estaba preparando sus primeros títulos. Publicar, dice Laura, fue un hecho fortuito. Aunque al rato duda y cita a Arlt “el futuro es nuestro por prepotencia de trabajo”. Su segunda novela publicada Llegaría el silencio (Río Ancho Ediciones, 2014), en cambio, ganó el concurso de narrativa que organizó la editorial en 2013 y ya, para ese entonces, comprendió que todo lo anterior había comenzado a traccionar una rueda que no iba a detenerse más.

El año pasado publicaron un cuento suyo en el libro ´Territorio negro II. Cuentos bajo sospecha´ en el Encuentro Internacional de Literatura negra y policial “Córdoba mata” y en 2017 hará pasar por la imprenta unas antologías, un proyecto que realizó sobre los diecinueve departamentos de Santa Fe, un libro para niños -y no tanto- y probablemente otra novela: Los bordes del cielo, con la que también fue finalista del Premio Clarín Novela en 2015 y con la que asegura haber aprendido que la tercera, no siempre es la vencida.

No hay género literario en el que se enmarque a sí misma. Ni cuando empieza un proyecto nuevo ni después. Con un poco de esfuerzo clasifica porque se le pide. Baldías y Los bordes del cielo van al policial; cuando piensa en Llegaría el silencio ya no puede. Y remata con que tampoco sabe si le importa mucho. Cierra el tema diciendo que hay un texto, hay un lector y que lo que pase o no entre ellos, va más allá de cualquier rótulo dado por la teoría.

Laura se define como una artesana de sus trabajos. Se lee, se relee, se corrige, se comparte, se vuelve a corregir. Captura las miradas de los otros sobre su obra, esos otros capaces de encontrar ruidos, disonancias, cosas que no cierran. Y hace de la corrección una labor minuciosa e íntima. Si escribís y necesitás que otro corrija, el que escribe, entonces, es el otro, dice.

 

Cuando habla de su identidad como escritora, manifiesta que el estilo es algo que aflora solo, que devela quién sos, cómo decís, qué palabras, qué construcciones usás. Lo considera algo dinámico porque las personas cambian, maduran, sufren, viven y eso necesariamente modifica la escritura. Asegura que el oficio se aprende, y detecta, en su estilo propio, los rasgos que hacen que los textos funcionen. Sostiene que cada idea requiere de su propia forma y que siempre se corre el riesgo de malograla si se la trata de escribir desde el lugar que ya se sabe eficaz. No cree que el estilo pueda pensarse como el sitio cómodo desde el que se empieza a redactar, sino poner en cuestión si quedarse ahí o seguir tensando el lenguaje, buscando la zona de incomodidad desde donde se escribe, para ella, la literatura.

Cuando las ideas le rondan la cabeza, ya no se exaspera. Les da el tiempo necesario hasta que todo se abre y fluye. Cree que es parte de la experiencia, hace alusión a que es síntoma de haberse vuelto mayor -aunque paradójicamente todavía transita los treinti-. No da muchas vueltas para hablar sobre los métodos o sobre cuán disciplinada es para trabajar. A eso responde con una afirmación tan simple como contundente: el método para escribir, es escribir. Observar, absorber y escribir.

Imaginar un escritor trabajando puede ser una instantánea mental de la soledad más expresa. Sin embargo, Laura ahonda en que existe una complementariedad entre la tarea solitaria y necesaria para que el texto aparezca, y el momento social del escritor y su obra; que incluye los talleres de escritura, en su opinión, y las redes sociales que utiliza desde hace tiempo. Cuando abrió su primer blog, ni siquiera pensó que alguien fuera a leerlo. Era para ella un ejercicio de exploración, de obligarse a escribir, aunque sea un párrafo por día. Y para su sorpresa, se encontró con que cada vez tenía más seguidores, a los que con sarcasmo llama: lectores fieles. Y si bien escribe porque dice que no le queda otra y porque siente que tiene que hacerlo, aun sabiendo que hay mucho que nadie lee, revaloriza ese ida y vuelta con el otro como parte del asunto. A veces, sabe que esos textos terminan en alguna publicación; la mayor parte de las veces no, pero esgrime que la escritura está ahí, viva en el mundo y fuera de su cabeza, que es lo que verdaderamente le importa.  Cree que le hubiera gustado descubrir eso antes. Que socializar la escritura y dejar que se vuelva de los demás, es clave. Que transitar espacios con otros genera intercambios que son valiosos no sólo para el que escribe sino también para los textos.

Asevera que publicar no cambia nada. Obviamente cuando ve sus textos en formato libro entre sus manos, dice que le resulta realmente satisfactorio, que es otra forma de circular como escritora y también que lo vive como un sueño hecho realidad. Pero al final de cada día, siente que sigue siendo ella, la hoja en blanco y la misma búsqueda: encontrar el modo de atrapar ese runrún que deambula en la cabeza, en el cuerpo. Eso le parece que es lo que nunca querría perder de vista.

La literatura es un universo tan diverso como perverso. Hay mucho para elegir y mucho que nos elige aleatoriamente y nos embelesa. Incluso de por vida.  La difusión y circulación de escritores jóvenes, tiene el potencial riesgo de atrapar lectores que ni se imaginan que en un pedacito del conurbano bonaerense, nació hace poco algún vecino, que está ahora mismo gestando con la palabra genialidades como las que está haciendo Laura Rossi. Un riesgo que en Brote, queremos correr. Y alcanzar.

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