MOTSI ideas en movimiento

Nota y fotos por Constanza González Henin

Daniel Ibarra y Gisela Robertucci decidieron fusionar sus pasiones artísticas -y otras que no lo son tanto- en un proyecto al que bautizaron MOTSI: ideas en movimiento.  Ambos comparten un talento actoral que los hace únicos y juntos condensan conocimientos tan polarizados que a simple vista parecerían irreconciliables. Sólo las mentes creativas, descontracturadas y atrevidamente libres son capaces de ensamblar tanta diversidad y producir espectáculos como los que hacen.

Él es técnico químico. Ella, docente. Él, abandonó su trabajo rutinario en una fábrica luego de una década. Ella, estudia para convertirse en una futura psicomotricista y lleva en sí a una cantante que le cuesta mostrar. Además, adora trabajar con la primera infancia y da clases en MIAU MIAU, un taller de encuentro, juego y exploración musical para niños y niñas de hasta 36 meses. Él, trabaja en LA PAUSA TEATRAL, una sala de calle Corrientes.

Ambos son actores con más de 15 años de formación, humoristas, animadores, clowns y comparten dos pasiones transversales a todo lo que existe: curiosear y aprender.

La curiosidad es para ellos el motivo por el que dicen estar juntos. Curiosear los llevó a preguntarse, aquella primera vez que se sentaron frente a frente, si era posible fusionar la actuación, el humor, la química, la música, el conocimiento, los niños y el trabajo remunerado. Allí surgió el primer espectáculo de MOTSI: un show de ciencia para niños -y no tanto- participativo y con experimentos en vivo. Semanas y semanas de juntarse a jugar a los científicos -con los conocimientos sobre química de Daniel y de docencia de Gisela- les permitió darle forma y sacarlo a las calles, a los teatros, a las escuelas y a las casas de la gente.

Convocan a su público y lo integran al juego actoral de Pantanetti y Ripoll: dos personajes que parecen despistados, torpemente graciosos y en un despliegue de escenografía y vestuario descubren un montón de cajas en las que encuentran materiales extraños. Entonces descubren “sin querer”, en cada caja, alguna reacción química, procesos físicos, soluciones, humo y otros desopilantes experimentos con los que enseñan que la vida cotidiana está repleta de ciencia. Y que la ciencia no está destinada sólo a algunos “cerebritos”.

Incitan a que el público ponga manos a la obra, y desde lo empírico acompañan cada cara de sorpresa de los que en vez de mirar, ponen el cuerpo. Modificar el rol del espectador es una de sus habilidades más atractivas, puesto que creen que los aprendizajes se tornan más significativos cuando el que aprende, se involucra.

El interés primordial de fondo es aflorar la curiosidad de chicos y grandes, de quienes la están haciendo crecer y de los que la tienen dormida. Curiosear es para ellos el modo de conocer y acceder al mundo, de apropiarse, inventar, reinventar, modificar, aprender y amar la realidad. Decidieron ofrecer al público infantil, entre otros, entretenimiento que se salga de los límites de lo que ofrece el común de la oferta comercial. El show de ciencia es el primero de otros proyectos en los que siguen trabajando para hacer de la cultura del entretenimiento, cultura de verdad. Para potenciar en los chicos el interés natural de aprender y reafirmar que el conocimiento puede ser una aventura extraordinaria de por vida.


Más Información:

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Galería de imágenes [Fotos: Constanza Gonzalez Henin]

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