La presencia de una ausencia. Arte y luchas feministas

Por Soledad Negri y María Sol Guarino. Fotos: Pablo Cittadini

El 8 de marzo el mundo giraba como cualquier otro día. Segundos, minutos y horas pasaban en intervalos regulares, la tarde vino después de la mañana y luego, inevitablemente, cayó la noche. Como cualquier otro día. Pero una corriente enorme de fuerzas unidas marchaba en contra del ritmo habitual: la multitud femenina, unida en un mismo grito, se hacía presente en las calles, mientras se registraba la ausencia de ellas en sus funciones cotidianas, tanto en los hogares como en los ámbitos de trabajo. Ese día fuimos testigos y partícipes del primer paro internacional de mujeres.

Dos días más tarde de aquella histórica jornada, en el Multiespacio Cultural de la Universidad Nacional de General Sarmiento, se inauguraron las muestras “Fragmentos de un hacer feminista” del colectivo Mujeres públicas y “Somos el grito de las que ya no tienen voz”, de Fátima Pecci Carou.

 

Vivas y libres nos queremos y Ni una menos: consignas de reivindicación que constituyen el espíritu de las luchas feministas. Pedidos que pueden resultar algo obvio si se asume la cuestión fundamental de que las mujeres somos personas y, como tales, debemos gozar plenamente de todos los derechos establecidos. Pero no es así, no hay nada que sea obvio ni natural en el quehacer de la sociedad. Entonces, resulta necesario repetirlo con un grito colectivo que, lejos de dejarnos sin voz, logre enaltecerla. Autodeterminación se dice de la acción de hacer propio aquel poder que todas y todos tenemos desde el día en que nacemos y que el pensar y el hacer común le ha denegado a las mujeres en muchos aspectos de sus vidas. Hacer presente es ausencia primigenia, tanto en la acción como en la palabra.

 

En Somos el grito de las que ya no tienen voz, Fátima Pecci Carou toma el dolor por las mujeres ausentes y lo convierte en arte. Retrata a víctimas de femicidios y a secuestradas por las redes de trata. En la obra de Fátima, ellas recuperan sus rostros. No son números ni nombres olvidados; son mujeres, no son objetos. La serie completa supera, hoy en día, los 200 retratos. Lamentablemente, la construcción de la serie nunca se cierra, la obra está en constante actualización con cada nuevo caso de mujer desaparecida y/o asesinada. Casos que se suceden unos a otros con tal vertiginosidad que sólo quedan nombres registrados en la memoria colectiva o referencias que se repiten en la opinión pública: “la piba esa que era fanática de los boliches y por eso la mataron”, “la que dijo que salía con una amiga y se subió a una camioneta con dos tipos” “las dos chicas que viajaban solas”. Los rostros en general se pierden, las miradas de estas mujeres que ya no están quedan olvidadas. Los retratos, inspirados en los afiches de búsqueda, devuelven a esos rostros una mirada que apunta directamente al espectador, lo interpela. Ya lo decía Miguel Hernández: “Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos”1.

 

El colectivo artístico-feminista Mujeres Públicas, trabaja desde el activismo visual: instalaciones que van desde pancartas, banderas, afiches callejeros, hasta auriculares con audios que reproducen la “Oración por el derecho al aborto”, entre otras cosas. Elementos simbólicos utilizados para visibilizar una problemática, en este caso, la opresión y los derechos no respetados de las mujeres. Todos ellos van en busca de una reivindicación. La enorme bandera que reza Si el 8 de marzo es el día de la mujer, ¿qué pasa el resto del año? utiliza estrategias comunicativas que posibilitan la reflexión sobre la lucha constante por validar los derechos femeninos ante las instituciones y la sociedad toda. La instalación-pancarta -realizada con un gran paño de tela color rojo, palos y pintura- alude a la necesidad de conquistar las calles y pensar al espacio público como espacio de lucha que se superpone al ámbito privado, el que nos fue impuesto durante mucho tiempo.

A su vez, se aborda la problemática de la heteronorma. Coloca al espectador “en la vereda de enfrente”, le da la posibilidad de una mirada distinta, de poner en discusión un axioma considerado por todos como una verdad indiscutida: ¿Su familia sabe que usted es heterosexual? Los afiches/volantes colgados en la pared hacen uso de la ironía, el humor y el juego como mecanismos de resignificación y descontextualización de los conceptos considerados “normales”, con el fin de develar la discriminación y la homofobia presentes en el sentido común.

La función social del arte se hace presente mediante la materialización de problemáticas, de tal manera que sea imposible no verlas. El mensaje es efectivo: apunta, dispara y funciona como disparador de muchas otras preguntas y cuestiones.

 

Arte y feminismos, un vínculo en continua retroalimentación. Las luchas feministas encuentran en el arte otra voz posible, un medio para generar impacto, para poner en cuestión y desmantelar verdades arraigadas en lo más profundo de las convenciones, del lenguaje y las acciones. Un camino en el que ya se ha logrado mucho, pero aún falta  muchísimo por hacer. Mientras haya una sola mujer en el mundo víctima de la desigualdad y de la violencia sólo por el hecho de ser mujer, nos seguirá doliendo en carne propia, seguirá despertando un mismo grito de lucha en todas nosotras. “El feminismo reclama la voz del silencio de las mujeres, la presencia de nuestra ausencia.”2

Del poema “Imagen de tu huella” (1934)

Catharine MacKinnon, abogada feminista, E.E.U.U. (1993)

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