La caída de la cucaracha

Por María Sol Guarino

La noche y toda su quietud, su ausencia de luz, amparan la travesía por la verticalidad de los muros. La gravedad no es ley en este caso. Es un recurso, que puede ser utilizado, o no. El terreno se mantiene estable y seguro, la marcha no tiene pausa. Incansable ella, va transitando el itinerario, sumando milímetro tras milímetro a un caminar lineal marcado por la tenacidad de saber hacia dónde se va. Ella sabe. No sé qué es lo que sabe, pero sabe. En su mochila genética lleva una sabiduría milenaria que ha permitido a los suyos sobrevivir a las condiciones más hostiles. Por lo cual, los accidentes geográficos que debe sortear al andar sobre el machimbre que reviste la pared no deben ser gran cosa. Al menos eso puedo imaginar, si es que quisiera ponerme por un momento en sus zapatos. Aunque zapatos no usa, claro está, sino no podría andar por esos lugares tan extravagantes con semejante habilidad.
Partiendo de la premisa de que sabe lo que hace, y sabe hacia dónde va, lo ocurrido no puede ser interpretado como un error ni como un paso en falso. Creo que todo estuvo fríamente calculado. Creo, casi puedo saber que fue así, que ella quiso abandonar la seguridad de su sigiloso andar, quiso dejar de camuflarse en el marrón del machimbre. Quiso dejar de ser una más. Y se lanzó al vacío.
Los segundos que duró la caída habrán sido vividos con la adrenalina de andar cayendo, aunque sabiendo que después de la misma otro terreno seguro, mullido y cálido, esperaría por ella. Así cualquiera se lanza al vacío, siendo un vacío tan lleno de confortabilidad. Ni siquiera puedo entonces interpretar su accionar como el de un ser que se entrega a la aventura. Fue una simple picardía y nada más.
Mientras tanto, él todo soñando, todo ignorante de esa microvida gigante que pululaba a su alrededor. Todo dormido, todo ausente de eso y de las mil millón cosas que debían estar sucediendo en aquel momento. La quietud de la noche también era su amparo.
Hasta que la quietud se quebró, hasta que se produjo el encuentro. Terrorífico encuentro de los pliegues de su oreja derecha con las minúsculas seis patitas. Para cuando éstas llegaron a su mejilla, todo era espanto. Un golpazo de realidad que dinamitó su sueño en un instante.
Ella siguió su curso, a través de la almohada y luego vaya a saber dónde. Sólo ella lo sabe. Y él quedó ahí, todo piel de gallina, todo escalofríos. Imaginando a miles de sus compañeras queriendo hacer lo mismo que ella, la misma divertida picardía que lo dejó todo estremecido, todo impresionado. Su mundo dejó de ser un lugar seguro, todo lo conocido se transformó en siniestro. Ya no hubo descanso posible.

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