Ensayo 17

Por Carolina Do Pazo

Cuando llegó lo supe. Era ella la mujer que había creado laboriosamente mi imaginación, obrera fornida, trabajada por mis libros, la música, la poesía… la poesía me hace llorar. Era una hermosa dama, de pelo oscuro, negro como la noche más cerrada de invierno, fina y suave como la seda más cara de todo París. Era ella una dama, la única con quien mis esperanzas se sentían cómodas y acompañadas, en ella donde mis gustos se arrumaban como dos pájaros en un nido confortable de barro y de paja. Sin embargo, no era ella una mujer para mí. Quería poseerla con todas las fuerzas de este pobre corazón lleno de sueños y sin ninguna promesa de futuro y con toda la fiereza de este cuerpo que solo sabe desearla cada noche. Pero ella no podía ser mía. Ella era la mujer del doctor.
Oh!. Pobre Carlos. Tan bueno y afortunado y, a la vez, tan llano, sencillo… su conformidad resultaba tan envidiosa y detestable a la vez… Tenía envidia de su mujer, de mi Emma, porque era mía, era dueña de mi ser entero aunque ella solo pueda intuir mis sentimientos. Ella era mía porque era mío todo su encanto: yo me sentía dueño de todos sus modales y complacencias, aunque solo se demuestren mediante una sonrisa en la cual se dejan ver parte de esos dientes simplemente perfectos y la muesca de sus pómulos se pronunciara solo un poco, coloreándose de rosa pálido pero intenso comparado con su blancura efímera.
Sin embargo sentía tanto respeto por Carlos… no era su amigo claro, pero era egoísta juzgar su conformidad rutinaria: que él no soñara más que con este día a día vacío, sus enfermos, su casa, su mujer y su pequeña no significaba que yo pudiera imaginar su desgracia. Era egoísta apartar a mi Emma de esa comodidad, ella no podía huir conmigo, convertirse en mi amante…no de ningún modo. Ella debía ser mi mujer pero yo no podía ser su esposo. Mi Emma no era libre aunque volará alrededor de mí, estaba atada a su propio nombre: mi Emma era Madame Bovary.
Oh! Mi amada Emma.
Este sentimiento me está desgarrando las entrañas, siento nauseas, fiebre y no logró controlar el sudor de mi cuerpo. Escribiré más cartas que luego romperé mil veces, ensayaré escupir uno a uno mis sentimientos para luego pensar en absorberlos de ti o del mismo suelo. No logro descubrir la forma de que lo sepas de mí aunque lo sepas ya. Mi cuerpo se está enfermando.
Ya no soy nada en mí. Este deseo me está consumiendo. La nada misma habita en este cuerpo que no hace más que pensar en el suyo, en su compañía. Este amor idealizado me acobarda los sentidos, el hacer, me retiene, me ata a este lugar.
Debo irme. Me voy. Si me voy. A estudiar. Si a estudiar y…eso.
Necesito alejarme de la mediocridad de mis días que solo se sacuden de un golpe cuando la veo pasar, cuando hablamos por horas sobre música y poesía y leemos juntos, sin hablar.
Me voy Emma, quizás el destino nos vuelva a juntar y mi valor se haya fortalecido con el conocimiento y con la experiencia. Quizás ahí me atreva. Sea egoísta y rapte su amor. Yo se que lo desea, lo noto cuando me mira y sus ojos se encienden: su cara muda no expresa el ardor de sus ojos rojos, casi diabólicos, me hablan de amor y de deseo.
No me despediré.
Esto no es una despedida.
Escribo y escribo para decir con tinta lo que mis labios no dicen. Como si así pudiera dilatar eternamente el adiós. Como en los libros, que este amor perdure mi Emma…
Deseo su felicidad toda.
Ahora romperé esta también.

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