Cuando la política no abarca

Por Licenciada Victoria Analía Pirrotta

Centros Culturales

En San Miguel existen 26 centros culturales barriales, estos ofrecen una variedad de actividades formativas para niños y adolescentes en los diferentes barrios del municipio. Entre las actividades que se pueden realizar hay teatro, danza folclórica, música, canto, dibujo y escultura. Los horarios son variados y las actividades son gratuitas. La perspectiva de esta oferta es la bandera de arte como inclusión social, talleres para que los niños se alejen de la calle, para que estén contenidos. A partir de esta propuesta nos preguntamos, ¿cómo se complementan estos talleres con la oferta cultural del centro de San Miguel?

Esta oferta de cursos forma a los niños a medias, como hobbie si se quiere. Se les enseña algunos elementos que puede servir como disparadores para una carrera, o no. Es una mirada de la actividad artística como manualidad, como pasar el tiempo, como artesanía. En el corto plazo y la poca continuidad, hace que los chicos aprendan unas pocas gracias y pasen el tiempo. Se pierde el entendimiento del arte como disciplina, con trabajo a largo plazo y formación constante. En estos espacios prima una lógica casera de organización, las exposiciones y muestras se realizan generalmente en el mismo centro cultural y la relación con el centro del municipio es particular. Nos plantaremos en este punto, cómo se articula la relación centro y periferia:

“[…] Los Barrios establecen una relación de sumisión indiferente con respecto al Centro. Crean la ilusión de autoabastecerse, tratando de disimular su condición de hermanos paupérrimos. Del mismo modo el centro mira con desprecio las manifestaciones barriales, asignándole el lugar de los sirvientes. Ambos, se consolidan en sus guaridas, sin entender que el Centro y el Barrio están cruzados por el mismo problema de concepto, puesto que conviven en la misma ciudad que funciona como organizador, no sólo político o económico sino también del imaginario artístico, aunque cada uno elabore sus estrategias de supervivencia sin contemplar la existencia del otro […]” (Szuchmacher, 1996: 141)

Como acertadamente explicita Szuchmacher en su texto “EL FANTASMA DEL ARTE: UNA EXPERIENCIA SOBRE CENTROS CULTURALES”, la oferta del centro dista de lo que sucede en la periferia de los barrios. En los centros culturales barriales existe variedad de cursos para aprender un oficio, el arte no como disciplina sino como oficio. Marcamos esta diferencia, porque un oficio es un saber hacer práctico, es un conocimiento que comienza y termina en tanto y en cuanto uno aprendió una técnica para, por ejemplo, hacer una mesa, armar una lámpara. En cambio, una disciplina es un hacer que comienza una vez que uno aprendió la base técnica y se sigue perfeccionando durante toda la vida. Por ejemplo, un bailarín clásico aprende los diferentes pasos a ejecutar en la barra y en el centro, con aprender los nombres de los pasos y cómo se hacen no alcanza. Eso es la base para comenzar un largo camino de práctica constante, de sostener y mejorar esos conocimientos, de generar y producir nuevos aportes que pujen en el campo artístico. Es decir, que un oficio en arte trabajaría mirando el campo artístico desde la vereda de enfrente, en cambio cuando se genera una disciplina artística, los sujetos pujan y luchan en el campo mismo.

Otra cuestión a trabajar es la mirada del arte desde los lentes de la educación. En vínculo con lo que exponíamos anteriormente, educar en arte tiene esas dos vías, el oficio o la disciplina. En términos cualitativos, un curso municipal de guitarra iría en la línea de un oficio, es algo que comienza y termina en pocos meses, en cambio, algo como “Orquestas del Bicentenario” propone una continuidad, una formación integral donde los chicos reciben clases de lenguaje musical, instrumentos, horas de ensayo, y son años de formación, casi con lógica de conservatorio. En estos dos casos se puede visualizar la diferencia entre una dispersión de cursos municipales y un programa nacional de formación integral de artistas.

“[…] En general los centros culturales barriales están organizados alrededor de una política educativa. Los cursos que allí se realizan son el eje de la actividad y esto muestra a su vez la dificultad para concebir el accionar de estos centros fuera de la educación, de crear instancias verdaderamente nuevas, productivas en el trabajo cultural. Podría decirse que hay una industria — valga la metáfora — del curso. Y esto inevitablemente genera la ilusión de una gran actividad que no es más que movimiento que tranquiliza a ambas partes: a los destinatarios de los cursos y sobre todo a la clase política, que suele creer que el arte, a través de los teatros, las galerías de arte, las salas de conciertos, etc., es un servicio que se brinda a la población, equiparándolo a las escuelas, los hospitales y otros ámbitos de utilidad comunitaria […]” (Szuchmacher, 1996:142)

La lógica de servicio a la comunidad, como relleno, como ilusión de acción cultural, es problemática. No se puede creer que porque se dispersan actividades culturales sueltas, se está haciendo Política Cultural. No hay sistematicidad, no hay un manto que justifique el por qué de estos talleres. Es como si el taller fuera importante en sí mismo, en tanto entretenimiento, en tanto espacio para pasar el tiempo:

“[…] Pareciera ser que los Barrios son como enormes jardines de infantes con muchos párvulos que deben estar ocupados todo el tiempo haciendo actividades propias del jardín. El público hoy hace danza, mañana teatro, pasado video, sin poder entrar en lo profundo de esas actividades para poder modificarlas, mientras el Centro mira con agrado esta situación porque de esa forma no es cuestionado. ¿Acaso hubo alguna vez una revolución de niños de jardín de infantes? […]” (Szuchmacher, 1996: 142)

Esos niños entretenidos no se acercan ni un poco al hacer artístico, a la disciplina, al arte. Ellos asisten y se forman en una mirada naíf sobre el arte, como un oficio menor, como un pasar el rato. Estas actividades así planteadas, forman espectadores y consumidores culturales naíf, superficiales y cómodos. Sostenemos esto porque no existe una contra propuesta del centro por parte del municipio, no sucede que el centro posea una gran oferta de actividades culturales diferentes a la lógica de la periferia.

Oferta de teatro y artes visuales

El teatro Leopoldo Marechal actualmente esta funcionando con oferta propia de música, danza y teatro. Por lo relevado en las redes sociales del municipio, la oferta en el teatro es gratuita y la mayoría de las actividades se realizan viernes, sábado y domingo. Hay mucha presencia de escuelas de arte que preparan sus muestras de fin de año, de músicos de la zona que se quieren dar a conocer de manera gratuita o teatro amateur. No queremos decir con esto que todas las obras sean de actores o músicos principiantes, hay casos en los que hay artistas de mucha trayectoria en la zona. A lo que vamos con esta argumentación es a la cuestión de los criterios de la oferta cultural.

No existe una definición clara de cuál es el perfil del área de cultura del municipio y esto se ve reflejado en la cartelera de este teatro. Es un área reciente, pero inmersa en una zona donde está sucediendo una oferta artística alternativa muy fuerte. Nos encontramos con muestras de alumnos que son gratuitas para el vecino, pero no se puede basar gran parte de la programación en niños-adolescentes-adultos aprendiendo a bailar o cantar o actuar o a tocar algún instrumento. En la publicidad del municipio acerca de las actividades culturales, hay números, 6000 alumnos en los centros culturales, 550 eventos culturales en 2014, obras gratis todos los fines de semana. Pero no dice qué obras, con qué criterio de selección, qué eventos, qué aprenden los alumnos y si sostienen su asistencia a los talleres.

Se mide el éxito del área de cultura por números, casi con una lógica de consumo de espectáculos, donde importa la cantidad de entradas vendidas y no lo intangible del fenómeno. A continuación, vamos a analizar cualitativamente algunas de las obras y actividades infantiles que ofreció el municipio para los pequeños vecinitos, así nos corremos un poco de los números.

Nos vamos a remitir a los títulos, las imágenes y a los temas simplemente. El espectador entrenado, sin pecar de prejuicioso, distingue entre mi abuelo con un bonete y un actor que presenta una foto preparada para promocionar su obra. Paso a nombrar cuatro de las obras presentadas, “Los súper muñecos”, “Toy Story”, “Vaca y Brujito”, “Los súper héroes del reciclado”. De ninguna de las obras encuentro ni referencia, ni video, ni sinopsis, ni nombre de los actores.

En este recorte, vemos temas que se filtran del consumo masivo, tanto “Toy Story” como “Los súper muñecos” hacen alusión a personajes de disney o alguna empresa del entretenimiento, personajes reconocibles por los niños, el resto no importa. Está Pepe, esta Bob Esponja, no importa si se presentan con un traje endeble, flacos, desgarbados, que se les sale la cabeza, no importa. Los números hablan de cantidad de hechos realizados, cantidad de personas que asistieron, pero pierden el contenido, el para qué del hecho artístico.

No seamos negativos en todos los aspectos. Es verdad que es importante que haya oferta de actividades artísticas y culturales, los talleres agrupan y contienen a mucha gente, el arte es terapéutico, pero no es su finalidad primera. El producto de arte, nace de un deseo o programa particular de un artista, puede imponer nuevas reglas o quebrar las existentes, puede deconstruir o desarmar aspectos de la realidad, no tiene entre sus objetivos agradar u acoger al receptor de la obra, y tiene como principal móvil el estético, la relación y discusión con las expresiones artísticas anteriores, entre otras cosas (Coelho, 2009).

Los usos sociales del arte son una cosa, pero otra muy diferente es la obra en sí, el hecho artístico, la pieza, el cuadro. Que sea educativo, terapéutico, relajante, de contención social, es una lectura posterior. La obra para niños, que tomamos de los ejemplos anteriores, “Los súper héroes del reciclado” tiene como subtitulo “Teatro educativo”, el cual parecería resta importancia a lo que vamos a ver, sobresale la moraleja por sobre el acontecimiento teatral (Dubatti, 2011).

Otra arista de la oferta gratuita del municipio son los grandes eventos, de dimensiones multitudinarias, con artistas consagrados como Soledad Pastorutti, Los Nocheros, Los Totora, Agapornis, entre otros. Estos requieren de un gasto público desorbitante en comparación a la inversión en las obras de teatro anteriormente nombradas.

Es decir, que tenemos visibilidad de artistas consagrados que implican un gasto muy grande para el municipio, pero también ofrecen publicidad e imagen numérica para las personas. Entonces, si la Política Cultural es transcribir números, pensar en lógica costo beneficio en sentido de show business, estos artistas convocantes y conocidos son efectivos. Existe una diferencia abismal entre esta situación y las pequeñas obras presentadas en el Teatro Marechal, gratuitas para el espectador y para el artista local, que la única recompensa que obtiene es mostrarse, tener un espacio para exhibirse. Hay claramente una decisión de pensar en el consumidor cultural en términos numéricos, sin formarlo, sin ofrecerle diversidad de obras y talleres, sin matizar los contenidos de los medios masivos de comunicación.

Nos encontramos con una página vacía en la pestaña “Cultura”, un cronograma prácticamente en blanco, una aplicación para los celulares donde la pestaña cultural está pegada a una de entretenimientos. Hay mucho para trabajar todavía…

“[…] Por lo tanto, no se puede pensar una política cultural sin hacer una profunda reflexión sobre el lugar del arte. Porque el arte, al quedar fuera de la discusión, se impone, de cualquier modo, desde las sombras. Como el fantasma del padre de Hamlet, que retorna a vengarse por haber sido excluido del juego […]” (Szuchmacher, 1996: 143)

Bibliografía

  • Página Web, Redes Sociales y Aplicación para el celular de la Municipalidad de San Miguel.
  • Schumacher, Rubén. “EL FANTASMA DEL ARTE: UNA EXPERIENCIA SOBRE
    CENTROS CULTURALES”, en Travessía Revista Literaria Nº22, Editora da UFSC, Florianópolis, 1996.
  • Coelho, T. Diccionario crítico de política cultural: cultura e imaginário, Gedisa, Barcelona, 2009.
  • Dubatti, J. Introducción a los Estudios Teatrales, Libros de Godot, México, 2011
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