BOOM SHAKALAKA

Por Malén Pessina | Foto: fotograma

Volví. Igual de increíble y suspicaz que siempre, con la humildad como mi marca registrada. A su vez, sólo para aclarar, ni niego ni afirmo que escribí esto a las apuradas durante la madrugada del día anterior a la entrega de notas.

Dato curioso, el “boom shakalaka” es un grito de victoria utilizado por los relatores de básquet cuando un jugador hace un puntazo digno de Messi, así que me resultó apropiado utilizarlo como título de esta nota porque hoy les voy a contar algo súper interesante: El pantalón.

O mejor, del pantalón como vestimenta utilizada de modo político y cómo se les fue prohibido a las mujeres por considerarse una prenda estrictamente masculina, hasta que varías genias se pusieron de pie y dijeron “macho, uso lo que se me canta”.

Así que sí, Boom Shakalaka para nosotras.

Arranquemos desde el principio, el término “pantalón”, proviene de “pantaloni”, que era el modo de llamar a los venecianos adeptos al calzoncillo largo y estrecho, profesando culto a san Pantaleón. Un veinte de junio de 1792, en Francia, un portador de Pica trepa a un tejado durante una protesta y agita un pantalón desgarrado, que transforma a la prenda en una bandera del proceso revolucionario. Es necesario comprender que durante la época pre-revolucionaria y la revolucionaria la prenda de vestir de las clases superiores era el calzón (cubría el cuerpo de la cintura a las rodillas, realzando la pantorrilla, que cubrían con medias), que participa en la erotización del cuerpo masculino (rawr) y que se diferencia de las clases inferiores porque los hombres ocultan sus piernas –enmascaran la figura masculina-  con telas holgadas. Ahora bien, durante este tiempito bélico, pasa algo re importante según John Carl Flügel: desde el punto de vista de las diferencias sexuales y su expresión en términos de la vestimenta, las mujeres consiguieron una gran victoria adoptando el principio de la exhibición erótica, mientras que los hombres obtuvieron una derrota al renunciar a su “coquetería al vestir” (prendas coloridas, ceñidas, brillantes). El hombre cede, luego de la revolución y con la llegada de la república, sus pretensiones de belleza a las mujeres y adopta lo utilitario como fin. ¿Les suena contemporáneo?

Pero con esa proclama –además de prohibirle a las mujeres combatir porque ‘distraían a los soldados masculinos’-, se les prohibió la utilización del uso del pantalón ya que, al ser una prenda masculina, se consideraba que las mujeres que lo usaban eran travestidas y por ende homosexuales y/o hermafroditas. ¿Por qué? Bueno, es necesario comprender que el travestismo femenino no es considerado del mismo modo que el travestismo masculino. Así, mientras que cuando un hombre se viste de mujer se lo asocia con la idea de “rebajarse” socialmente, atentando así contra el estado viril dominante, la mujer travesti busca ascender de nivel económico y social, lo que la hace una amenaza.

Para la década de 1820 todos los hombres franceses llevaban pantalón, sin embargo, a las mujeres no se les permitía su utilización (cuyo corte es de tipo cerrado) y se les imponía, de ese modo, el vestido (de tipo abierto), que facilitaba la humillación pública (nalgadas o ventiscas que las dejaban expuestas). Es, por iniciativa feminista, que el pantalón adquiere su valor como arma para desafiar el dominio masculino y no es hasta finales de siglo, con la llegada de la “moda deportiva femenina” que se abre la reforma del traje en La Belle Époque y a pesar que se continúa, durante este tiempo, rebajando a las mujeres, asociando el travestismo con la homosexualidad y el hermafroditismo, permite en el paso del siglo XIX al XX la politización de la cuestión de la apariencia. Larga historia contada de modo corto: no es hasta mediados del siglo XX, precisamente en 1960 y por influencia de la “moda” que se desarrolla y comercia un pantalón femenino que, para finales de 1965, produce mayores ingresos que la venta de faldas.

Los párrafos anteriores me sirvieron para presentar la cuestión pero tengo que hacer una mención y es que todo este proceso ocurrió en Francia, hubo otras sociedades (como la estadounidense) que permitió a las mujeres el uso del pantalón muchos años antes. Francia es uno de los casos extremos que terminaron bien, otras sociedades, otras culturas –influenciadas particularmente por la religión- no permiten a las mujeres este tipo de vestimentas, dado que influyen en el comportamiento cotidiano de sus fieles.

Ahora bien, hay algo interesante que ocurrió en los últimos años con respecto al pantalón femenino y la moda. A modo de hipótesis, sostengo que el terror al travestismo femenino que comenzó durante el 1800 no desapareció por completo sino que mutó de tal forma que la industria de la moda comenzó a diseñar ésta vestimenta de modo particularmente ajustado y de tiro corto para evitar cualquier confusión de sexos. En palabras burdas, si no hay bulto, no hay problema.

Pero, ¿qué ocurre con el pantalón masculino? Bueno, si bien éste comenzó a diseñarse de un modo más ajustado (particularmente en la zona de la pantorrilla), hay diferencias todavía claras. Por ejemplo, los bolsillos.

Mientras que los hombres gozan de unos bolsillos generosos donde pueden guardar sus teléfonos y billeteras, las mujeres contamos con bolsillitos híper cortos y/o ajustados, donde lo único que entra es una tapita de gaseosa de cuestionable marca o nos engañan con esos bolsillos falsos, jugando con nuestro cora.

La cuestión es obvia: la moda, como nos tomó de rehenes desde que los hombres ‘renunciaron’ a la coquetería, diseña pantalones ajustados sin bolsillo de modo que nos veamos obligadas a adquirir un nuevo producto: las carteras.

Los pantalones femeninos no sólo permiten la exposición de la figura, dejando expuestos de modo indirecto a qué sexo biológico pertenece la persona que los utiliza, sino que además dificultan el movimiento. Los pantalones masculinos, por otro lado, permiten una mayor libertad de desplazamiento y no atan al sujeto al consumo de productos derivados como las carteras o morrales para llevar cosas tan esenciales como llaves, billetera y celulares.

Quizás el grito de victoria parezca precipitado y carezca del valor inicial que le di al comienzo de la nota, después de todo, la conquista del pantalón –una prenda pensada originalmente como algo exclusivamente masculino, representativa del poder- parece ser superflua si observamos “las condiciones” que se impusieron con esta victoria. Sin embargo, no hay victorias pequeñas, y el hecho de que un grupo de mujeres se enfrentaran y ganaran, luego de años de lucha, a un reconocimiento aunque sea parcial de igualdad entre géneros merece un enorme BOOM SHAKALAKA.

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